29mar/100

Dubrovnik

Ciudad de luz, de calma, de recuerdos de una guerra no tan lejana.. Dubrovnik transmite paz, pero una paz conseguida hace tiempo, una paz que no siempre ha existido.

Patrimonio de la Unseco, sus calles blancas y resbaladizas invitan a pasear. Callejuelas empinadas, que escalan la ciudad, ropa tendida en los balcones, gente, gatos, y caricias de una lengua imposible de pronunciar. Dubrovnik tiene olores y colores especiales.

El primer día que llegamos a Dubrovnik debían ser las 11 de la mañana, no pudimos aparcar, cierto es que la ciudad no está preparada para la llegada de turistas en coche, en barco, tuvimos que salir, pues resultó imposible aparcar el coche.

Tres días más tarde volvimos, pero ésta vez a las 9 de la mañana o incluso antes. Esta vez, con un una reserva de habitación de hotel y una plaza de parking preparada y guardada para nuestro coche.

Las horas que conseguimos pasear fueron de lo más calurosas, llegamos a tener que remojar nuestras gorras en la Fuente de Onofrio para poder sobrevivir a los gritos de los recién llegados al país por los cruceros que se adentran en la ciudad, y sobretodo para sobrevivir el paseo final por la muralla de la misma, nos ofreció unas preciosas vistas sobre los techos de la ciudad, y girándonos 180º un regalo sobre, un mar pacífico y más azul que nunca.

Dubrovnik regala al visitante una ciudad con una historia, imposible de terminarse en un día. Absolutamente recomendable y recomendada.

   
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